Hace tiempo que tomé la decisión. Justo el día en que mi hermana dio a luz a Samuel. Ese mismo día decidí que yo nunca sería madre.

El mundo es un asco. Y eso que vivo en el hemisferio de los privilegios y de la satisfacción perpetua. Pero esta jodida parte del mundo -la única que conozco- sigue dándome arcadas. ¿En qué puto antro hemos convertido este lugar? Me resulta ajeno a mí.

Los bebés son seres extraños, como venidos de otro planeta. Quizá no sea tan descabellado pensar que los trae una cigüeña. Pero no de París: los trae de algún gran satélite de Júpiter o de la galaxia de Andrómeda. Básicamente son engullidoras fábricas de cacas, pises y vómitos que lloran, babean y moquean. También ríen y hacen locuras como meter los dedos en los enchufes, corretear por todas partes cuando aún no tienen dominada la marcha bípeda, arrojar juguetes de todo tipo en cualquier dirección, gritar sin venir a cuento y hablar en un idioma que sólo entienden ellos. El domingo descifré una enigmática frase de Samuel: "¿Cua cua cua?". Tan sencillo como: "¿Qué es eso?". Estaba claro el significado de "cua cua cua" en tono de interrogación mientras señalaba múltiples objetos. Aún me quedan palabras como "papapamama" -que, sospecho, podría ser un intento de fusionar a padre y a madre en un solo cuerpo- o "epiyaya" -que me suena a los EPI's de la excavación, no sé, quizá sea una abuela de seguridad-.

He dejado atrás mi infancia. He olvidado que yo también fui un incoherente monstruito que cometía inocentes imprudencias y que cogía berrinches monumentales por nimiedades infantiles que constituían, por entonces, la mayor preocupación que cabía tener.

Mi instinto maternal es un latido borroso, un tímido hilo de voz, un letrero visto de lejos, un débil soplido de aire. Mi instinto racional actúa sobre él reprimiéndolo y subyugándolo en una lucha desigual, como esas de los combates trucados entre extravagantes púgiles de aspecto circense, en las que casi siempre uno de los gladiadores es visiblemente más grande y fuerte que el otro. Me imagino a ambos instintos en un ring de Pressing Catch dentro de mi cerebro. Instinto Racional agarra del cuello a Instinto Maternal, lo zarandea como a un muñeco de trapo y golpea su cabeza repetidamente contra el respaldo de una silla. Mi instinto maternal es un perdedor.

Y puedo pensar, después de todo, que tengo un sobrino de 16 meses precioso y maravilloso, que ríe a carcajadas cuando le persigo alrededor de la mesa y le atrapo con cosquillas, que me trae el libro de dinosaurios y me pide que lo aúpe para enseñarle los dibujos mientras señala entre muecas de sorpresa y pregunta: "¿Cua cua cua?", que come fenomenal, que es graciosísimo hasta cuando duerme y que tiene mucha paciencia conmigo porque sabe que soy torpe con las criaturas.

Pero yo creo que con un sobrino que lo sea todo es suficiente. No quiero hijos. No quiero sangre de mi sangre ni carne de mi carne. El mundo está volviéndose un lugar oscuro para vivir.